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El ‘boom’ del TDAH en adultos; los psicólogos alertan de un aumento de consultas, especialmente de mujeres

El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad ha dejado de asociarse en exclusiva al niño inquieto que no puede parar de moverse en el aula. En los últimos años, los psicólogos en Barcelona registran un aumento sostenido de consultas de adultos (y, sobre todo, de mujeres adultas) que llegan pidiendo una evaluación. Muchos cuentan la misma historia: llevan toda la vida sintiéndose “distintos”, “despistados” o “un desastre”, y solo ahora empiezan a sospechar que detrás de esa sensación hay una explicación clínica.

Un trastorno del neurodesarrollo, no un rasgo de carácter

El TDAH es una condición del neurodesarrollo recogida en el DSM-5 y en la CIE-11, caracterizada por patrones persistentes de inatención, impulsividad y/o hiperactividad que interfieren en el funcionamiento diario. Tiene una base neurobiológica clara: distintos metaanálisis sitúan su heredabilidad en torno al 70-80 %, y la evidencia apunta a alteraciones funcionales en circuitos prefrontales y dopaminérgicos relacionados con la atención, la motivación y el control inhibitorio.

Conviene insistir en este punto porque la confusión sigue siendo enorme. El TDAH no es falta de voluntad, ni mala educación, ni pereza. Tampoco es un “invento moderno”: aparece descrito en la literatura médica desde hace más de un siglo, con distintos nombres, y está reconocido por la comunidad científica internacional. Lo que sí ha cambiado en las últimas décadas es la sensibilidad clínica para detectarlo más allá del prototipo del niño hiperactivo.

¿Cómo se siente el TDAH desde dentro?

La experiencia subjetiva ayuda a entender por qué tantas personas llegan al diagnóstico agotadas. Las y los pacientes lo describen de forma muy similar: una mente que “va a mil”, como una radio mal sintonizada con diez emisoras sonando a la vez, o como un navegador con mil pestañas abiertas que no se pueden cerrar.

A nivel cognitivo, eso se traduce en:

Atención inestable, que se escapa con tareas largas, repetitivas o poco estimulantes (informes, papeleos, reuniones), aunque la persona quiera concentrarse.

Hiperfoco paradójico: cuando algo engancha —un proyecto que apasiona, un videojuego, una lectura interesante—, se pueden invertir horas sin notar el paso del tiempo. No es controlable a voluntad, lo que explica frases tan habituales en consulta como “si puedo estar cinco horas con esto, ¿por qué no puedo estudiar veinte minutos?”.

Olvidos constantes vinculados a la memoria de trabajo: llaves en la nevera, citas perdidas, salir de casa sin el móvil.

Dificultad para jerarquizar: todo parece urgente o nada lo parece, lo que desemboca en procrastinación, agobio y tareas inacabadas.

A nivel emocional, el desgaste acumulado deja huella. Aparecen frustración crónica, sensación de “fallar siempre”, baja autoestima e hipersensibilidad al rechazo. En las relaciones, la impulsividad verbal, las interrupciones involuntarias y los olvidos de fechas importantes generan malentendidos repetidos. Y a nivel físico, la inquietud interna y los problemas de conciliación del sueño completan un cuadro que muchos pacientes definen como “estar cansado todo el día y no poder parar la cabeza por la noche”.

¿Por qué tantos adultos llegan tarde al diagnóstico?

Una parte significativa de los adultos que hoy reciben un diagnóstico de TDAH no fueron evaluados en la infancia. Las razones son varias y conviene nombrarlas:

El sesgo del “niño movido”. Durante años, el imaginario clínico y social asociaba el TDAH al varón hiperactivo del aula. Las presentaciones inatentas —sin hiperactividad visible— pasaban desapercibidas, etiquetadas como “despistadas” o “soñadoras”.

El infradiagnóstico en niñas y mujeres. Las mujeres con TDAH tienden a presentar más síntomas internalizados (desorganización mental, olvidos, ansiedad, baja autoestima) que externalizados. El resultado es que muchas son diagnosticadas en la edad adulta, a menudo después de haberlo sido antes —de forma incompleta— de ansiedad o depresión.

El efecto de las demandas crecientes. En la infancia, el entorno familiar y escolar suele compensar las dificultades. Pero al llegar la universidad, el primer trabajo, la maternidad/paternidad o un puesto de mayor responsabilidad, las exigencias de organización y autorregulación crecen de golpe y los síntomas dejan de poder camuflarse.

El diagnóstico tardío, lejos de ser anecdótico, es clínicamente válido y terapéuticamente útil. Los criterios diagnósticos requieren que los síntomas estén presentes desde antes de los 12 años, pero no exigen un diagnóstico previo: la entrevista clínica reconstruye la historia evolutiva.

¿Cómo cambia el TDAH con la edad?

El TDAH no desaparece al crecer; se transforma. La hiperactividad motora del niño que “trepa por los muebles” suele dar paso, en la adolescencia y en la vida adulta, a una inquietud interna más sutil: hablar mucho y rápido, mover las piernas, necesidad permanente de estar haciendo algo, dificultad para tolerar el aburrimiento.

La impulsividad ya no se manifiesta tanto como interrumpir en clase, sino como compras impulsivas, decisiones precipitadas, impaciencia al volante o respuestas verbales sin filtro. Y la inatención se traduce en procrastinación crónica, llegadas tarde aunque se haya salido con tiempo, proyectos empezados que no se cierran y una desorganización transversal que afecta al trabajo, a las finanzas personales y a las rutinas básicas.

Los psicólogos Miguel García Márquez y Mónica Ruiz Romero, fundadores del centro Tu Espacio Psicológico, especialistas en TDAH en Barcelona,

 insisten en que esta variabilidad es precisamente lo que más confunde al entorno: no es que el adulto con TDAH “no pueda hacer nada”, es que su rendimiento es profundamente irregular, con días brillantes y otros en los que cuesta avanzar lo más mínimo.

La importancia del diagnóstico diferencial

Uno de los motivos por los que el TDAH se diagnostica tarde es que sus síntomas se solapan con otros cuadros. La buena praxis clínica obliga a un diagnóstico diferencial cuidadoso:

TDAH y ansiedad: La ansiedad genera dificultades de concentración cuando la mente se llena de preocupaciones, pero esas dificultades remiten al reducir la ansiedad. En el TDAH, la desatención y la desorganización son crónicas y aparecen desde la infancia, independientemente del nivel de estrés. Eso sí, ambos pueden coexistir: el desgaste continuo del TDAH suele generar ansiedad secundaria.

TDAH y depresión: En un episodio depresivo, la apatía y la dificultad para concentrarse aparecen junto con el bajón anímico y mejoran al recuperarse el estado de ánimo. En el TDAH, esos problemas estaban antes y siguen después.

TDAH y burnout: El estrés laboral prolongado puede mimetizar síntomas de TDAH, pero remite al cambiar las condiciones. En el TDAH, las dificultades persisten incluso en contextos laborales favorables.

TDAH y altas capacidades: En altas capacidades, el aburrimiento explica la desconexión, pero la concentración profunda se recupera ante un reto interesante. En el TDAH, la desorganización persiste incluso con tareas estimulantes.

TDAH y otras neurodivergencias: En el TEA, predominan las dificultades de comunicación social recíproca, la rigidez y las particularidades sensoriales. A veces ambas condiciones coexisten, lo que exige una evaluación especialmente cuidadosa.

Comorbilidad: el TDAH rara vez viene solo

La literatura científica es consistente en este punto: el TDAH adulto presenta una alta tasa de comorbilidad. Los trastornos de ansiedad, los episodios depresivos, los trastornos del sueño (con cifras que llegan al 70% en adultos) y un mayor riesgo de conductas adictivas —desde sustancias hasta uso compulsivo de pantallas o compras— son los más frecuentes. La regulación emocional, especialmente la sensibilidad al rechazo y las reacciones intensas ante pequeños contratiempos, es otro de los rasgos que aparecen una y otra vez en consulta.

Cómo se diagnostica realmente: ni un test online ni una sola entrevista

El diagnóstico de TDAH es clínico y multimodal. No se hace con un cuestionario rellenado en cinco minutos ni con la impresión de una sola conversación. Una evaluación rigurosa, tanto en niños como en adultos, suele incluir:

Entrevista clínica estructurada: Para adultos, la herramienta de referencia es la DIVA-5 (Diagnostic Interview for ADHD in Adults), que reconstruye los síntomas presentes y la historia evolutiva desde la infancia.

Pruebas de atención y funciones ejecutivas: Test de los 5 Dígitos, Toulouse-Piéron-R, D2, ISP y otras herramientas validadas evalúan distintos componentes atencionales.

Pruebas cognitivas globales: WAIS-IV en adultos, escalas equivalentes en menores, para situar el perfil cognitivo y descartar otras causas.

Cuestionarios de cribado emocional: BDI-II, STAI y otros, para valorar comorbilidad ansioso-depresiva.

Información de varios contextos: En menores, observaciones del colegio y de la familia. En adultos, cuando es posible, perspectiva de personas cercanas que aporten datos sobre la historia evolutiva.

Diagnóstico diferencial: Para descartar o identificar otros cuadros que puedan explicar mejor los síntomas.

El proceso completo no se resuelve en un día. Una evaluación bien hecha en adultos suele extenderse entre dos y tres meses, e incluye una sesión de devolución y, cuando se solicita, un informe clínico con recomendaciones concretas.

En el caso infantil, las señales orientativas varían por edades: inquietud y juego muy breve entre los 3 y los 5 años; pérdida de material y dificultades para iniciar tareas entre los 6 y 8; problemas de planificación en torno a los 9-12; y desorganización persistente, entregas tardías e impulsividad social en la adolescencia. Pero, como recuerdan los profesionales, son pistas, no diagnósticos: confirmarlo requiere siempre evaluación clínica.

Mitos que conviene desmontar

A pesar del avance científico, ciertas ideas siguen circulando con fuerza:

“Si puedes concentrarte en videojuegos, puedes concentrarte en estudiar.” Falso. El hiperfoco se activa con estímulos intensos y novedosos, no con tareas aburridas. No es elegible.

“Solo afecta a niños, los adultos lo superan.” Falso. Entre el 60% y el 70% de los niños con TDAH siguen teniendo síntomas en la adultez.

“Las personas con TDAH son siempre hiperactivas.” Falso. El subtipo inatento es el más común en mujeres y en adultos.

“El TDAH se cura con medicación.” Falso. La medicación puede ayudar en ciertos casos, pero el abordaje gold standard combina intervención psicológica —especialmente terapia cognitivo-conductual y entrenamiento en funciones ejecutivas, psicoeducación, estrategias de organización y, cuando procede, tratamiento farmacológico prescrito por un especialista médico.

“Si funciono bien en el trabajo, no puedo tener TDAH.” Falso. Muchos adultos con TDAH compensan con esfuerzo extra y rinden, pero pagan un precio elevado en estrés interno y autoestima.

¿Por qué importa diagnosticar bien y a tiempo?

El diagnóstico no es una etiqueta: es una explicación que ordena. Da sentido a años de frustración, permite separar lo que es del trastorno de lo que es identidad, y abre la puerta a un tratamiento que combine herramientas concretas (organización, gestión del tiempo, regulación emocional) con un trabajo terapéutico de fondo sobre la autoestima.

En menores, la detección temprana evita que el desgaste académico y emocional se cronifique, reduce el riesgo de comorbilidades y permite trabajar con la familia y la escuela. En adultos, abre la posibilidad de reescribir la propia historia sin la mochila de “soy un desastre” a cuestas. Por eso la recomendación clínica es la misma en todos los casos: si los síntomas son persistentes, aparecen en varios contextos y generan malestar significativo, lo razonable es buscar evaluación profesional con un equipo especializado en neurodesarrollo y funciones ejecutivas.

Como concluyen Miguel García Márquez y Mónica Ruiz Romero desde Tu Espacio Psicológico, el TDAH no se cura porque no es una enfermedad: es una forma diferente de funcionar del cerebro, donde se entiende, se trata y, sobre todo, se acompaña. Y eso, para muchas personas que llevan décadas sintiéndose ‘mal hechas’, ya es el principio de un cambio.

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